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Lo que hace irrelevante a las medidas es que sólo las valoramos por su impacto subjetivo. Por su consecuencia emocional.
Un metro será eterno si nuestras piernas nos fallan y mil quilómetros serán milímetros con una llamada telefónica. El mundo es pequeño, cada vez más pequeño.
Y en cambio se vuelve más inabarcable cada segundo -el Tiempo: otra medida desquiciante, inexistente. Cada nueva vida y cada muerte, cada historia añadida a este discurrir sin trama ni concierto, cada nueva mirada suma páginas por descifrar. La relatividad se burla de nuestra mente irracional.
Se ríe a carcajadas cuando la distancia entre ambos horizontes, atardecer y amanecer, la distancia entre ambos mares se comprime hasta borrarse. De mar a mar, su oleaje arrastra hasta la orilla los tesoros y secretos compartidos. Sus mensajes en botella que acarician las entrañas profundas y salen a flote entre rumor de mareas.
La relatividad se ríe a pierna suelta cuando esa misma distancia reducida al átomo explosiona y alcanza la frialdad del coexistir entre galaxias, ajenas la una a la otra a pesar de que ambas se mueven por los mismos principios. Parpadean sus estrellas por la misma materia oscura que corre por su infinitud. Hablan la misma lengua armónica de notas musicales. Cuando la explosión las posee, nada detiene su separación.

Las distancias, temporales, espaciales… No existen. Tan sólo existen, y no siempre, sus consecuencias.

Joy Division — Love will tear us apart

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