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Anteriormente: Naniano I

Desolada, pasé junto al plumero andante –que resultó ser Rubalcaba- y crucé las puertas. Se cerraron tras nosotros y el plumero me acompañó hasta el despacho.
—Oiga, ¿y usted qué hace aquí? –le susurré, desconcertada. El plumero, muy tieso y con una mano levantada, el puño encogido en ese gesto tan suyo, me contestó con voz tan fina que apenas logré entender nada.
—Los míos… Renovación… Mariano… me ha dado un puesto… muerto de hambre…
—Ya veo, ya –contesté, por decir algo.
 
Llegamos hasta el despacho. El plumero se despidió con un gesto de cabeza, que de paso limpió el polvo de un jarrón que había por ahí. Tras la mesa de escritorio, me esperaba Mariano. Entré, saludando con la mano sin saber qué hacer. Me indicó que me sentara y despachó al plumero andante.
—Fantástico ¿verdad? Es un portero excelente y encima me limpia el polvo cada vez que se mueve. Shi shi shi shi –dijo, riendo-. Vayamos a asuntos serios, señorita. ¿Sabe por qué está aquí?
Hice que no con la cabeza, incómoda. El despacho, con la enorme fotografía de Aznar en un póster firmado presidiéndolo, ponía los pelos de punta. Mariano siguió hablando.
»Pues es tremendamente sencillo. Usted está aquí para ser mi nueva Ministra de Energía.
— ¿Qué?
—Mujer, no me haga repetir tanto las cosas. ¡Mire, aquí tengo la cartera! –dijo, sacando una especie de mochila escolar, roja- ¿A que es bonita?
—Oiga, señor Mariano, yo…
—Presidente, ¡llámeme Presidente! No me ha costado tantos años llegar hasta aquí para que no se use el cargo al hablarme.
 
—Presidente –volví a empezar, confusa-, no entiendo todavía qué quiere de mí. Si sólo soy una becaria de periodismo, dando mis primeros pasos como buenamente puedo, defendiéndome de reformas laborales que cada vez son peores y viendo cómo echan a la calle a alguien día sí, día también. Hablando del tema, ¿dejará quietos los trabajadores de TVE?
—Déjate de tonterías, niña. Necesito un cambio de imagen, algo nuevo, inesperado. ¡Hicimos un sorteo y saliste tú!
—Esto no tiene ni pies ni cabeza.
—Pues claro que no, tonta. Si esto es un sueño. Si no, ¿por qué te crees que Esperanza estaba entre las nuevas Ministras, bailando un chotis con su cartera nueva? Que te crees que en la vida real iba a darle algo a esa harpía.
—Sí, la verdad es que al verla, algo me he olido… En fin, Presidente, si esto es un sueño, pues hablemos del tema. Ni que sea por tener algo que contar más tarde.  ¿Ministerio de Energía?
—Exacto, he pensado en dividirlo para darte a ti una parte. A los míos nos gusta mucho, esto de señalar a dedo.
—No se ofenda, creo que hay muchos políticos que lo hacen.
—Sí, pues eso, los míos. Pero ahora, veamos. Coge este mapa –sacó de debajo de la mesa un mapa en blanco de España, con grapas enganchadas en Galicia, Catalunya y Euskadi- y ahora píntame cómo conseguirías la energía tú.
—Oiga, ¿y esto de las grapas…?
—Ni caso, niña, ni caso. Es por si quieren irse. Estos separatistas… He ordenado poner loctite por las fronteras entre todas las comunidades autónomas. Y para las islas, o Ceuta y Melilla, he encargado unas cadenas de acero inoxidable, fantásticas. Venga, toma, colores y ahora pinta. ¡Vamos!
 
Viéndole tan entusiasmado, no me pude negar. De la cartera escolar roja saqué plastidecors y rotuladores. Me puse a pintarle placas solares por el sur, molinos eólicos por las Castillas, generadores que usaban energía mareomotriz… El pobre hombre me miraba cada vez con el ceño más fruncido. Así que me puse a pintarle también centrales nucleares, aquí y allá, además de presas hidrológicas, un montón de gasolineras por todas partes… Para acabar de contentarlo, taché todos los puntos de recarga públicos para los coches eléctricos. Viéndole más contento, me atreví a terminar mi obra con un pequeño detalle en su honor: puse unos hilillos de plastilina allá en su tierra, por el océano Atlántico.
—Vaya, nos ha salido graciosilla la niña. Anda, maja, borra eso.
Lo intenté, pero por más que trataba de borrarlos, en vez de desaparecer, se extendían por la costa y lo llenaban todo de tinta negra oscura, que se quedaba pegada como una condenada. Le dio por pasar a un banco de peces, que yo no había dibujado, y se quedó ahí, como muerto. Al pobre Presidente casi le da un vahído, recordando momentos del pasado. Cogió un post-it y ni corto ni perezoso, lo puso sobre Galicia, al lado de las grapas. Más tranquilo y de nuevo con el color en la cara, estudió mi mapa.
 
»Muy bien, muy bien. ¡Pero, oye! ¿Y todo este derroche en placas solares? ¡Qué tontería! De noche no se les saca partido.
—Oiga Presidente, en realidad sí… Hay una planta, que se llama Gema
—Nunca me ha interesado la botánica. Al tajo, quítame esas placas solares ahora mismo.
—Pues mire, ¿sabe qué le digo? Creía que le iban a gustar. Teniendo en cuenta que son los únicos campos de cultivo en este país que no se aprovecharán de la mano de obra baratísima de los inmigrantes…
Los ojos le relucieron. Se mesó la barba, pensativo.
— ¿Estás segura de eso?
—Cómo no vengan con un título de ingenieros bajo el brazo… Que en realidad, ya lo hacen, Presidente, porque en sus países no encuentran trabajo ni licenciados. ¡Cómo aquí nosotros, que acumulamos firmas del Rey en papeles caros, de 200€ mínimo, para que cojan polvo en nuestras paredes, sin encontrar un trabajo digno! ¡E indigno tampoco!
—Calla niña, calla, que te alborotas. Así que campos de cultivo sin inmigrantes, ¿eh? Me encanta. Y estas placas solares ¿se comen?
—Que yo sepa no –contesté, profundamente abatida al ver que no hacía ni caso de mi protesta. Pensé en esas manifestaciones, multitudinarias o no, que parecían tener cada vez menos efecto en los gobiernos.
—Una lástima –dijo, dando una palmada sobre la mesa-. Pues nada, vete con Plumero y que te enseñe el despacho. Firma esto, mira, aquí donde pone tu nombre: Ana Celma Melero.
—Presidente, mi nombre va con dos enes, ¿no ve que es en catalán?
— ¡En catalán, dice! Para lo que te va a servir de aquí a dos días… Catalán, ¡já! Anda, piensa que te hago un favor recortandote una ene. Te abro puertas, mujer.
 
No contesté por no liarla, ya estaba muy cansada del sueño. Taché Ana y puse Anna, por eso de que si no lo hacía mis entrañas no se calmaban.
—Yo sigo sin verlo claro, Presidente. Una tiene sus ideas, ¿sabe? Y lo de ser Ministra del PP, casi que no cuadra mucho con ellas.
—Bueno, será que no hay casos de emigrantes políticos que van de partido en partido. Ésos, al menos, tienen la dignidad de no hacerlo en patera. Se cogen un taxi y cruzan de Ferraz a Génova, de Génova se van al partido ése rosa, luego dan un garbeo por el nacionalismo y después regresan a casa, tan modositos. ¡Tómatelo como un Séneca, tú que aún eres jovencita! ¡Savia nueva para el Partido del Cambio!
—Si dice que es del cambio, podría proponerle unas cuantas cosas que cambiar… Por ejemplo, mire, todas estas políticas que hará con Merkozy o con los bancos, podría replantearlo, consultarlo con la almohada -dije, ya de pie, tentativa. El Presidente se moría de risa.
—Qué monada. Ya lo he dicho yo, sangre joven. Anda, ingenua, vete con Plumero, a tu casa o a tu despacho.
Salí, con el Presidente Naniano mirando el póster de Aznar, embelesado. Seguí a Rubalcaba-Plumero, pensativa. Si por lo menos este sueño fuera lo más surrealista que la legislatura de Rajoy nos iba a ofrecer, sería un consuelo. Mucho me temía, cogiendo todavía mi mochila escolar roja, que vería cosas todavía más desconcertantes, en el Mundo Real TM.
 

Arcade Fire — Une année sans lumière

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