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Las palabras son poderosas. Son armas de fuego o un asidero en mitad del naufragio. El lenguaje, verbal o corporal, siempre tiene una potente carga de significado escondida o a la vista. Podemos olvidar conversaciones de horas y en cambio recordar perfectamente frases sueltas que se hayan clavado en el pecho, en la espalda. Si mis palabras pueden tener tal efecto, el lenguaje común, la lengua oficial, el mensaje que se envía desde los centros de poder y gobierno, las palabras que se emitan desde esos organismos tienen todavía más responsabilidad.

Hoy dos noticias sobre cambios en el lenguaje, en las palabras, en los nombres, me han llamado la atención. El primer ejemplo, es desolador: se trata de la decisión del gobierno chileno de cambiar en los libros de texto la palabra “dictadura” por el eufemismo “régimen militar”. Blanquear la dictadura, como dice el periodista Juan Cruz en su blog al tratar esta vergonzosa idea de la administración de Salvador Piñera. Blanquear lo que debería ser imborrable, lo que no debería repetirse o por lo menos, lo que no debería olvidarse. Cualquier modificación del lenguaje usado en los libros de texto escolar debe ser observado con reticencia: no acostumbran a ser gratuitos y menos aún inocentes. Son maneras de modificar la aproximación a la realidad, de reescribir la historia. En esta ocasión, cómo cuentan en El País.es “el cambio fue propuesto por el exministro de Educación Felipe Bulnes, aprobado el 9 de diciembre y será aplicado en los textos escolares de Lenguaje, Historia, Geografía y Ciencias Sociales de los escolares de primero a sexto grado”. Pero no es casual que entre toda la oposición el único partido que aplaude esta decisión de la Administración sea la ultraconservadora Unión Demócrata Independiente; uno de sus congresistas, Iván Moreira, ex alcalde designado en el gobierno militar, afirmó que “ya era hora de tratar el tema desde una óptica distinta” y añadió que “hablar de dictadura es una forma de estigmatizar a un gobierno que entregó democráticamente el poder y eso en ninguna dictadura del mundo se ha dado”. Convincentes eufemismos para alabar a otro eufemismo y esconder bajo tanta hipocresía años de dolor, opresión y desaprensión. Sólo puede hablarse de dictadura porque hablamos de unas 40.000 personas desaparecidas, torturadas, violadas, asesinadas [1]. Decir que incumplieron los Derechos Humanos también es un eufemismo para describir la obra de Augusto Pinochet durante diecisiete años y para describir las secuelas, las profundas cicatrices que dejó en Chile.

La segunda noticia es un gran logro en pro de la igualdad. Se trata de la modificación de lo que la legislación estadounidense incluye en la palabra “violación”. Cito a Público.es para explicar por qué esto es una buena noticia. Hasta ahora, la única forma de violación completada por el gobierno de Estados Unidos era “el ataque contra una mujer con propósitos de abuso sexual”, redactada en 1927, una mirada restrictiva que dejaba fuera demasiados abusos y estaba marcada por términos bíblicos. Gracias a este cambio, a partir de ahora el delito será aplicado a “la penetración, por leve que sea, de la vagina o el ano con cualquier parte del cuerpo u objeto o penetración oral por un órgano sexual de otra persona, sin el consentimiento de la víctima”. Se debe destacar la palabra víctima, cuya inclusión permite sustituir la anticuada y discriminatoria idea de que tan sólo las mujeres resultan víctimas de abusos sexuales. No es que el Código Penal no recogiera ya estos delitos, pero el lenguaje oficial permanecía atorado en las concepción del mundo que se tenía a principios del siglo XX, atrapado en unas ideas que ya no son válidas en el presente.

Y ése es el problema: cómo combatir la desactualización del lenguaje, de las palabras. De qué manera evitar que quede atrapado en circustancias ya pasadas, que ya no tienen cabida en el contexto actual. Cómo revertir las posibilidades de que los que controlan los medios de comunicación, los que tienen en sus manos los altavoces globales, puedan reescribir la realidad a su antojo. La interpretación de las palabras es lo que configura nuestra realidad, nosotros configuramos el mundo a diario con lo que decimos y con lo que aceptamos como real. Darle valor a las palabras, no permitir que los eufemismos sean moneda de cambio y madera de titular, creer firmemente que tenemos el derecho y el deber de saber qué hay más allá de los mensajes envueltos en celofán. Que nos toca a nosotros exigir que el Eufemismo caiga en pedazos y sólo aceptemos por válida las palabras, el lenguaje, que nos ayude a llegar lo más cerca posible de la Realidad, tan plural y diversa e inabarcable como es por naturaleza propia.

[1] Informe de la Comisión Valech, agosto 2011

Yo Yo Ma — Gabriel’s Oboe

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