Está ahí, en la sombra. No ocupa portadas y por eso no existe. Se agazapa entre paredes o pasea al aire libre. Se arrastra tras los pasos apurados, sigilosos, discordantes, temblorosos. Se encarama al pecho, a los ojos, a la boca, a las manos, se silencia, se calla, se torna mudo. Está ahí, en la sombra.

En el miedo, en la desesperanza. Llega con estruendo de puertas cerrándose. Surge con la lista, cada vez más corta, de asideros a los que aferrarse. Es un tabú. Es un silencio. Es una condena. Es un final.

Son fríos números de una estadística enmudecida. Son tristes historias de desesperación. Y cuando se agotan las posibilidades, las salidas y las soluciones, aumentan las víctimas que terminan con su vida, cada cual con sus motivos, cada cual con su pasado a rastras, cada cual con las personas que deja atrás.

Suicidas. Quizás incluso refugiados, asilados de una existencia insoportable.

Emeli Sandé — River

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