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Estabulario: también llamado animalario, espacio donde se tienen los animales destinados a experimentos de laboratorio

Me sinceraré: al leer esta definición me ha recorrido la espalda un escalofrío. ¿Qué pesa más, la posibilidad de curar una persona o el maltrato animal que supone la experimentación? No puedo contestar esta pregunta con blancos o negros. Cuando empecé a trabajar en el clúster de biomedicina de la Gran Vía de L’Hospitalet sabía que tenía que visitar tantos rincones como pudiera para entender qué sucedía exactamente en un hospital o en un laboratorio. Tenía miles de preguntas en la cabeza y a algunas he podido darles respuesta, a pesar de que son legión las que todavía tengo pendientes. Una de las visitas ineludibles, si lo conseguía, era el Estabulario, con la intención de poner imágenes a ese dilema ético.

Vale, pero entrar no es tan fácil. ¡Me ha costado nueve meses! Me reúno con Roberto, el investigador que va a guiarme en esta visita. Nos encontramos en su laboratorio, lleno de batas blancas, pipetas, tubos de ensayo, microscopios y también de pósters colgados por la gente que trabaja allí, carteles con mensajes escritos a boli, incluso algún muñeco. Es la una pasada, por las enormes ventanas entra la luz a raudales y la gente está reuniéndose para comer o acabando el trabajo de la mañana para bajar a la cafetería.

Llevo una semana detrás de Roberto, no sé como me lo monto pero cada vez que subo me dicen que está en un lugar distinto. En realidad es normal, cuando le entrevisté me explicó que está haciendo quince cosas a la vez. Estudia la quimioresistencia, tratando de darle respuesta a este puñetero enigma del cáncer. ¿Por qué estas células inmortales per se también acaban siendo inmunes a todo lo que les echamos para intentar acabar con ellas? ¿Por qué, cuando parece que hemos ganado la batalla contra un tumor, éste vuelve con fuerzas multiplicadas, listo para batallar y sin ningún tipo de compasión? Roberto lleva unos cuantos lustros dándole vueltas a estas preguntas. Puede decir orgulloso que, si bien todavía no ha logrado contestarlas, sí está empezando a arrinconar en una esquina del ring un par de cánceres con verdadera mala leche.

Aún es pronto para hablar de ello, a pesar de que su investigación ha detectado algunos fármacos que, actualmente, se encuentran en Fases. Nada de créerselo, parece que quiere decir. Es muy duro para un paciente, confiesa, leer que el cáncer tal o cuál podrá curarse… ¡en diez años! Muy duro, repite, así que con esto no se juega, no se habla por hablar, termina tajante. Aunque con escucharle, rebosando tantísima pasión y energía, te preguntas si los trocitos de cáncer con los que trabaja en placas de Petri no deben, ni que sea un poco, preocuparse por este contrincante. Ni hablar, explica Roberto. El cáncer no es una tontería, no puedes bajar la guardia. Vamos avanzando, punto.

Está bien, pienso mientras le sigo por uno de los larguísimos pasillos que caracterizan este edificio. No lleva bata blanca, luego entiendo por qué. Yo después descubriré que ir con vestido y sandalias no ha sido mi más brillante idea. ¿Qué vamos a ver? pregunto, mientras pasamos por delante de carteles que anuncian Sala de congeladores o departamento de Epigénetica. Vamos a ver los modelos murinos con los que trabajo. Sí, de eso estuvimos hablando la primera vez, de modelos murinos y del brillante C.Elegans, un gusano que ha granjeado tres Premios Nobel -se dice pronto, el bicho apenas tiene el tamaño de una pestaña. C.Elegans nos ha dado unos resultados excelentes dice con orgullo, identificamos en este organismo genes de interacción con vías tumorales establecidas. Hoy no vamos a ver gusanos, me advierte, hoy trabajaremos con ratones de laboratorio. ¿Por qué usamos animales, Roberto? ¿Qué hacéis con ellos?

Roberto reiteradamente me repetirá durante la visita que cumplen todas las normativas respecto al uso de estos animales, tanto en sus cuidados como en el proceso de laboratorio. Me explica que no puedo ni imaginar la diferencia abismal que hay entre usar líneas celulares o implantar un tumor en un animal para ver cómo crece, cómo interactúa con el tejido, con la estructura tisular. Ya empezamos a tener demasiado argot en la conversación, pero escucho e intento retener tanta información como puedo. Imagina, en una placa de Petri, para que lo entiendas, el tumor simplemente está rodeado de vidrio. No tiene estroma a través del cual avanzar, es imposible que reproduzca el comportamiento que tendrían estas células malignas en el cuerpo humano. Ya, ¿pero y los ratones?

Los ratones, sigue, nos sirven para entender cómo reaccionará el tumor en el cuerpo humano. No tenemos una anatomia idéntica, obviamente, pero sí podemos conseguir que un tumor humano crezca en un modelo murino y siga el comportamiento que tendría si estuviera en su huésped original. Los genes que compartimos hacen que esto sea factible, aunque complicado, muy complicado. Aquí vuelvo a poner la misma cara que puse la primera vez que me explicó esto. ¿Cómo es posible que un tumor, con ADN humano, se acomode y campe a sus anchas en un ratón? Pues no sólo es posible, contesta, tendrías que ver cómo crecen. De hecho, lo verás ahora mismo. Antes, tendrás que ponerte todo esto.

“Todo esto”, que dice Roberto con tranquilidad, es la versión ligera de un traje espacial. O eso pienso, mientras miro la bata azul de plástico que me llegará hasta los pies, una especie de fundas verdosas para cubrir zapatos, la mascarilla y el gorro. Cuando consigo atarme todo y embutir el pelo bajo el gorro -menos mal que lo llevo recogido-, me cruzo con un espejo y me quedo parada. Mi madre no me reconocería, es un burka a parches que sólo me deja las manos al aire. Y en realidad, por poco tiempo. En cuanto entramos en el Estabulario, me lleva a una mesa, ¿talla pequeña verdad? y me entrega unos guantes de látex, perfectamente protegidos en su bolsa esterilizada. Son de cirujano, me cuenta divertido, mientras hago esfuerzos para coger el primero, meter la mano y escurrir los dedos. ¿Ves que están doblados por la mitad?, así puedes ponerlos con más facilidad, entran más rápido, sigue diciendo. Él ya lleva los suyos y yo sigo debatiéndome con el segundo, así que discrepo ligeramente.

Ya está, soy una chica anónima en una sala larga, llena de estanterías con sus correspondientes hileras de jaulas y sus ratoncitos. Cinco por jaula, me explica, la normativa establece ese número máximo. Me señala un chico, también completamente cubierto de pies a cabeza, que está trabajando en otra mesa metálica, muy iluminada, con una jaula de ratones blancos, con pelo. Adivina cuánto cuestan, me reta Roberto. No puedo ver su rostro por la mascarilla, pero a mí me da que se está riendo entre dientes. Ni idea, empiezo, todavía peleándome con mi propia mascarilla, que me empaña las gafas. ¿10€?

Ahora sí, Roberto se ríe con la cara que pongo cuando niega con la cabeza, señala los diminutos ratones blancos y exclama, tan campante, 90€ cada uno. ¡90€! ¿Pero qué tienen? Son la gama alta de los ratones de laboratorio, explica. Mi equipo, que somos cinco personas, trabajamos con los ratones lampiños, que cuestan 35€. Me planteo si los de 90€ son para los investigadores estrella, ésos que parece que tan sólo con chascar los dedos ya consiguen subvenciones e inversión. Roberto me ha estado contando lo díficil que está el tema, algo que he podido comprobar en persona estos meses trabajando aquí. Para empeorarlo todo, los recortes en Ciencia. Piensa que no es sólo pagar la investigación, todo este material que usamos en el Estabulario y en laboratorio, me cuenta, sino que yo pago religiosamente a mi gente. Son sueldos que no pueden faltar ni un solo mes.

Dejamos el tema del precio de los ratones y me explica qué hacen exactamente allí con ellos. Esos bichos con cola no están ahí porque sí. Saca un par de jaulas y empieza a describirme qué están investigando. Roberto trabaja especialmente con dos modelos de tumor: germinal de testículo y epitelial de ovario. Verás, aquí tenemos unas cuantas ratonas a las que hemos implantado cáncer de mama. Y sí, lo veo: tienen una pelotita, del tamaño de media canica quizás, que sobresale en sus costados, cerca de las patas inferiores. No sólo lo veo, porque Roberto, que tiene la ratona en la mano y con la otra me señala lo que explica, me pasa el animal y me invita a tocarlo yo misma. Ay, pienso, ¿pero qué dice? Aunque es sólo un segundo, porque si tanto he insistido en venir aquí es para algo. Cojo la ratona con delicadeza dentro de lo posible, aunque a mí se me resiste mucho más que a Roberto, que la ha sostenido como si fuera la cosa más fácil del mundo. Paso con cuidado infinito el dedo sobre el bultito y entonces el investigador, que también es un poco bruto, me dice que así no mujer, que apriete un poco desde abajo. Vale.

La sensación es indescriptible. Tan sólo tocas una piedra, como si tuviera una piedra enquistada en el costado. Pero sabes que no es una piedra, sino que se trata de un cáncer. ¡Un cáncer humano! ¡Un cáncer de mama humano en ratona! Alucinante. Mezclo muchas cosas: la compasión por el animal, la fascinación por este hito científico, las preguntas sobre si sufre o sobre si funcionará la investigación… Además, todavía no sé cómo ha llegado esto aquí dentro, pienso tocando el bultito. Regreso a la realidad y dejo la ratona de vuelta en su jaula. Cada vez que veo uno de estos bichos, sin excepción, voy a preguntarme cuánto tiempo de vida tendrá, cuánto avanzará el tumor mientras sigan vivos.

Roberto me explica el proceso, con todo lujo de detalles. Me sienta frente a una mesa, con ratonas lampiñas en una jaula, e imita mediante mímica todo lo que haría. Empecemos, yo tengo un trocito de tumor obtenido, mediante consentimiento del paciente por supuesto, a través de una biopsia, me dice ratona en mano. Preparo la mesa para operar, vamos a hacer una microcirurgía ¿sí? Cómo que una microcirugía, exclamo yo, que suelo tener poca paciencia, ¿pero no se lo inyectamos? Pues depende, me explica con paciencia Roberto, en este caso no. Tenemos trocitos de tumor de ovario ¿de acuerdo? Dibuja unas pelotitas en el papel verde de usar y tirar que cubre la mesa. Anestesiamos al animal, porque como ya te he dicho, aquí no sufren si podemos evitarlo. No deja de dibujar mientras sigue contándome el proceso, gesticulando con la mano libre.

Una vez está anestesiado, te digo que se quedan groguis enseguida, treinta segundos como mucho, les colocamos este tubo ¿ves? como una mascarilla para mantener el efecto de la anestesia. Entonces, cogemos las tijeras… ¿Tijeras?, vuelvo a saltar yo, atónita, ¿no usas bisturí? Roberto se ríe, creo, detrás de la mascarilla. Como tiene la ratona me lo demuestra gráficamente, pellizcando suavemente la piel lampiña del roedor, con lo que compruebo lo finísima que es la zona a cortar. No hace falta usar un bisturí, con unas tijeras pequeñas y afiladas se hace con más precisión. Cortamos y hacemos un pequeño orificio en el costado de la ratona, aquí, dónde están sus ovarios. Bien, tendríamos que apartar un poco la grasa, así, de color blanco, y enseguida encontraríamos el ovario, que sería de este tamaño.

¿De este tamaño? ¡Pero si es diminuto! murmuro, por una vez bajando la voz. En el Estabulario hay más gente trabajando, aunque no nos hacen ni caso, cada cuál con sus ratones o sus libretas. Sí, de este tamaño. Y verás, entonces cojo esto… Saca de su funda esterilizada un pequeño sedal, con un ganchito diminuto en la punta, finísimo, delgado como una pestaña. ¡Anda, si es tan grande como tu gusano, el C.Elegans! le digo, a lo que Roberto asiente. Pues más o menos, así que imagina la destreza que tienes que tener para operar con esto. Al fin y al cabo, lo que hacemos en laboratorio sigue los mismos procedimientos que en un quirófano veterinario o en uno de humanos, es la misma rutina sólo que el tamaño es radicalmente distinto. ¿Sabes una cosa? yo creo que siempre tienes que participar en el proceso, tienes que implicarte con las manos, me dice moviendo las suyas, enguantadas en látex.

Bueno, cogemos el ovario de la ratona, cogemos el tumorcito que hemos partido en dos, lo enganchamos al sedal pasándolo a través del gancho con cuidado… ¡Y voilà! Ahora sólo queda atarlo bien atado al ovario. No fastidies Roberto, refunfuño, ¿y ya está? Ya está, repite él, no hace falta más en este caso. El cáncer tiene mala leche, recuerda, él solito se adherirá con un poco de suerte al ovario de nuestra ratona y entonces, empezará a crecer sin freno. A no ser que logremos ponerle freno nosotros, claro, explica Roberto, con una sonrisa que adivino debajo de la mascarilla, porque recuerda que esto lo hacemos precisamente con tal propósito: pararle los pies al cáncer. ¡Y no sólo a un cáncer, a todos!

Ah sí, empiezo yo, por una vez interviniendo con afirmaciones, esto lo he leído en alguna parte, los tumores están formados por distintos “tipos” de cáncer dentro de su propia tipología, lo cuál repercute en el tratamiento. Aunque funcione una vez y el cáncer remita, si no se logra hacerlo desaparecer, puede regresar pero tan sólo con la variación que le ha permitido sobrevivir al tratamiento. Como si en un parterre de malas hierbas tuviéramos distintas especies y al regarlas con agua tóxica, tan sólo unas semillas en concreto soportaran esa toxicidad: brotarían de nuevo, con más fuerza e inmunes a lo que estamos usando para eliminarlas. Exacto, aprueba Roberto, aunque él añade un montón de tecnicismos que no retengo en la cabeza, aquí sucede la quimioresistencia.

Me cuenta que a la ratona le repetiríamos el mismo proceso, pero en el otro ovario, cuidado con el bazo en esta ocasión. La graparíamos a ambos costados y listo, ya tenemos el tumor preparado. Con suerte, continúa Roberto, en tres meses habrá crecido y será palpable como los tumores de mama que has visto antes. Si no hay suerte para nosotros, los investigadores, el tumor no crecerá y nuestra ratona se librará del cáncer. ¿Que no se libra? Pues probaremos tratamientos, a ver si alguno tiene buena pinta. Los ratones de antes, los que has cogido ¿te has fijado en que uno tenía el tumor más grande? Bueno, ése era el sujeto de control. Pinta bien, porque el tumor parece que podría estar remitiendo en los demás. Otra cosa, antes de que te vayas, te voy a enseñar una jaula…

La busca entre las estanterías, cada cual con sus etiquetas y códigos de marcaje. Aquí, exclama Roberto, al encontrar la jaula específica. Dentro, los ya habituales ratones lampiños, que se enredan en papel y se echan la siesta cuando les dejan tranquilos. Les dejamos tranquilos bastante rato, me responde Roberto mientras llevamos la jaula a la mesa, piensa que todo está vigilado al milímetro, de verdad, les damos comida y agua controlada, todo tiene que preservar la esterilidad. Bien, ¿ves este tumor? me dice, señalando uno en el vientre del ratoncito que ha cogido. Sí, muy mono, pienso para dentro, aunque asiento con la cabeza y no digo nada. Pues tiene tres años.

¿Tiene tres años, el ratón? ¿Lleva tres años con el tumor a cuestas? exclamo, recuperada mi habitual verborrea. No, el ratón no ¡el tumor! Lo que hemos conseguido en mi equipo es que tumores con los que empezamos a trabajar hace años, como éste, puedan ser reimplantados en distintos animales y que mantengan sus características. ¡Sigue siendo el mismo modelo tumoral! Tengo uno que preparé hace once años, lo congelé y ahora recientemente he podido volver a implantarlo, he conseguido que creciera. En mi equipo hemos marcado un antes y un después en estas técnicas, estamos consiguiendo unos resultados remarcables que por fin comienzan a llamar la atención de los colegas en este campo. Es muy reconfortante, si te soy sincero, ver que tantos años de trabajo y esfuerzo empiezan a mover interés, no sólo entre algunas farmacéuticas, sino también entre compañeros del gremio, que toman nuestros modelos y empiezan a imitar nuestra forma de trabajar.

Lo que estamos consiguiendo, sigue Roberto después de retornar a la jaula el tumor de tres años de edad viajante de ratón en ratón, es que nuestros tumores expongan el abanico de posibilidades que pueden desarrollar. Es decir, si tenemos una paciente con cáncer de ovario que desarrolla quimioresistencia, podremos encontrar con qué modelo estudiado en el laboratorio encaja más su perfil, qué está sucediendo en su cuerpo, a qué tratamiento reaccionará mejor. No estamos haciendo medicina personalizada, no te confundas, me avisa con seriedad, estamos personalizando la medicina. Son dos conceptos distintos, afirma rotundo.

Pero quizás, sólo quizás, continua con la mirada un poco pensativa puesta en las jaulas que tenemos frente a nosotros, sólo quizás, podremos conseguir encontrar qué fármacos serán efectivos en tumores que han desarrollado quimioresistencia, buscando la respuesta en la raíz del problema: en el cáncer mismo que nos ha plantado batalla y al que no hemos podido ganar.

Salgo de la sala con la cabeza y el pelo revueltos. Vuelvo a mi pregunta inicial. ¿Es ético usar animales para probar medicamentos e investigar enfermedades? Abandono el Estabulario con la sensación creciente de que en estas jaulas hay ratones encerrados y esperanza en gestación para los humanos, para los pacientes de cáncer, para sus familiares y sus seres queridos. No puedo ni imaginar la cantidad de ratones que han sido sacrificados para obtener de sus autopsias la información necesaria para la aplicación médica, pero tampoco puedo imaginar la cantidad de vidas que han salvado estos ensayos en laboratorio con animales. Para mí pesan más estas vidas, tan anónimas como las de los roedores pelones que he conocido hoy.

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