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El cielo estaba invertido, porque la piel era blanca, muy blanca. Y las estrellas que aquí y allí punteaban el lienzo eran oscuras. Se había pintado en negativo el mismo dibujo de luces claras entre oscuridad nocturna.
Sobre el vientre, inclinadas, Mintaka, Alnilam y Alnitak. Las tres del cinturón del cazador, que en las noches de invierno eran perfectamente visibles hasta el amanecer. En el muslo, trazada a pulso, serpenteaba la Hydra con su cuerpo retorcido encarado hacia el Sur. Bajo el pecho izquierdo, Vulpecula le encendía la sangre y caldeaba el corazón. Tenía en las mejillas estrellas solitarias y en sus ojos se mecían auroras boreales cuando en ellos bailaba la luz del sol. A la espalda, se dibujaban constelaciones invisibles a sus ojos, conocidas tan solo cuando yemas ajenas acariciaban la ruta estelar.

Ólöf Arnalds — Maria Bethania

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