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Trasladando las cosas de invierno y verano, removiendo entre el polvo acumulado en los rincones menos pensados, no dejo de preguntarme cuántas cosas necesito realmente. Si la necesidad no la creamos nosotros; por costumbre, por apatía, por placer. O si realmente existe, si hay alguna necesidad emocional que no pueda ser superada. Quizás es porque ayer encontré fotografías de maletas antiguas, cuyos propietarios quién sabe cuánto hace que han muerto. Pero sus cosas han dejado un rastro tras ellos.

Willard suitcase closed, by Jon Crispin

Después pienso en que mi espacio está repleto de libros y más libros. Pienso en que si mañana perdiera la memoria, no sé a quién vería al entrar en mi cuarto. ¿Somos capaces de reconocernos en los objetos que nos rodean? ¿O esos mismos objetos no son sino máscaras, en muchas ocasiones? ¿Alguien sabría quién soy, mirando las cosas íntimas que me han acompañado?

Si perdiera la memoria, dejaría de ser yo. Mi realidad, ya de por sí escindida porque el ser humano es incapaz de ver con claridad lo que le rodea, mi mundo, se basa en todo lo que almaceno en mi cabeza. Los recuerdos, las emociones, los sentimientos, las sensaciones. Mi mente es la enorme maleta que cargo a diario, llena de mí.

Si alguna vez perdiera esa maleta, devuélvemela. Aunque sea un pedazo, un retal. Aunque esté hecha cenizas y cuarteada. Si alguna vez me pierdo, quiero ser capaz de saber qué perdí.

Mayte Martín — Procuro olvidarte

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